miércoles, 4 de febrero de 2009

I. Victoria y Libertad

esto es un cuento corto. estas letras su primera parte de tres.
gracias. y ya.
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Corrí como la sombra cual es inevitable ante todo ser. Persiguiendo la idea de la famosa fábula de la libertad. Irónico que mi nombre fuera Libertad y mi mejor amiga Victoria buscara de ambas: de la idea y de mí. Pero Victoria yacía desnuda sobre la mesa del comedor con los pechos al aire, su periodo notable entre las piernas y su ropa interior tendida sobre se costado.
Me convencí que veía una mentira y la toqué. Gimió de placer, entonces la apreté con fuerzas y lloro con cierta satisfacción.
- Victoria levántate – le dije con un susurro veloz como si conjugara con mis palabras su cordura. Un pacto entre un ente que no existía y que solo yo conocía.
- Me quiero morir – respondió, llorando hasta volverse ruido. Insoportable a pesar de su condición, sentí asco.
- El dolor es perpetuo – siguió diciendo, - no se que me duele más, perder al bebé o su rechazo por ello- .
- Victoria que no te pesen sus palabras – traté de consolarla, pero bien sabía que su vicio la había llevado a este momento. A este preciso momento en el tiempo donde el dolor era prioridad.
La cocaína le había arrebatado una nueva vida. Y Rafael no se lo perdonaría, nunca.
Seguía sobre la mesa con el brillo del sol sobre sus bellos tornándolos dorados en las puntas. - ¿Qué voy a hacer ahora? – me preguntó levantando la mirada al techo. Había cerrado sus ojos desde que habló con Rafael, surcando de ellos solo de lágrimas. Sin ser testigos de cómo se desprendía de su ropa como una demente.
- Me tienes a mi – le contesté mientras le besaba la frente.
- Libertad, no me quiero morir – lloró
- Si tú te mueres, me voy contigo.

Me senté con una taza de café en manos en la silla que había conseguido Victoria en un pulguero en New York. No entiendo como dejaron que lo comprara, llegó en una caja varios días después de ella volver. Ella quedó perpleja cuando vio la caja gigantesca frente a la puerta de nuestro apartamento, solo preguntó “¿Para quién es esto?”. No recordaba su pesada compra.
Ahora estaba dormida con lagañas llenas de rimel asomadas en sus ojos.
Encendí un cigarrillo y tomé un sorbo del café. Me pareció clichosa mi pequeña rutina y reí para mí luego de varios días.

Sigilosa, Victoria movió su sábana sobre su sien. Estrujándose con ella el rostro, casi como se curara de su propia desventura. Como si estuvieran recién lavadas con algún detergente ultra blanqueador y no se notaran las manchas rojas. Le aconsejé botarlas, pero irrumpió en un acto casi infantil. Se aferró a las sábanas como si fuese su hijo y acurrucó la sábana manchada entre sus brazos y lloró sobre sí.
La relación de Rafael y Victoria comenzó desde el momento que se conocieron. Recuerdo que era el segundo semestre del primer año de universidad de ambos. Desde el primer día de clases Victoria había quedado encantada con los atributos casi de noble europeo de Rafa. Llegó al cuarto que ambas compartíamos en la residencia universitaria y como no me encontró me llamó al celular. – Es que acabo de conocer al hombre de mi vida – me decía. Me contó como ambos fueron los primeros en llegar a la clase, era los únicos fumando esperando que el profesor llegara y fueron los únicos todo el semestre que litigaban con el profesor. Creo que era una clase de ciencias sociales. Pero desde ese día que se vieron por primera vez no se despegaron. Yo no lo creía al principio pues Victoria con los hombres, bueno, nunca había uno, eran varios. Pero Rafa se ajustó a ella como nadie. Eran la misma persona, dentro de otro cuerpo, uno hombre y el otro mujer para ser más específico. V con su piel caribeña y su melena a mitad de espalda y esa sonrisa que no se iba ni con el peor de los disgustos. Y Rafa alto, jincho y con el pelo lacio siempre detrás de las orejas, y esos ojos que te penetraban el pensamiento. Siempre trataba de adivinar lo que uno pensaba. Cuantas veces no me trataba de engatusar con la frase, “yo se lo que estás pensando Libe, creeme” decía, pobre de mí porque con el no tenia privacidad. De cada diez que me preguntaba seis eran verdad. Es como si mis ojos le dictaran a sus labios todos, como si el estar con Victoria le diera alguna responsabilidad sobre mis preocupaciones. Porque el siempre velaba por nosotras por igual. Ahí se diferenciaba de V, mujer más egoísta sobre la tierra no existirá.
Lo peor de todo es que no era egoísta por convicción, a ella se le olvidaba que alrededor de ella vivían otros, eso era todo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

"estas asustado?"

lola pistola. dijo...

"¡estás en infarto!"