miércoles, 12 de noviembre de 2008

"envuelta"

Cuando le devolví mi piel en la salida de su casa, me miró con desprecio. "¿Para qué quiero esta mierda?", me preguntó sin dejar de fruncir la frente. "Cariño, para que no duermas en paz nunca.", contesté besándole los labios que alguna vez dejaron rastro en la curvatura de mi espalda. Dejé un trazo de sangre desde su puerta hasta la calle, el parado al lado de la puerta de su casa caminó hasta al zafacón de sus vecinos y allí depositó lo que quedaba de mí. Ya en el infierno me lo encontré caminando solo y llorando. Me le acerqué al oído, porque allí difícil es hablar con el ruido, y le hablé pegada a su rostro, "¿porqué lloras?". Nunca respondió, me miraba con miedo y salió corriendo pero de alguna manera se quedaba en la misma posición y gritó, gritó con tal desesperación que comenzó a botar sus vísceras por la boca y a cargarlas en la mano. Se arrodilló frente a mi. Me las mostraba en posición de reverencia. Las tomé en mano y se las metí en la boca de nuevo hasta sentir mis manos en su garganta. Se ahogó en llanto, me estremecí de pena. Era el frío en el infierno, él sería mio para siempre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No entendi